Me había olvidado completamente del individuo sentado en el recibidor. Ojeaba con interés una de las revistas de arquitectura que estaban en la mesita de vidrio blanco y madera negra. Se había sacado la chaqueta, y tenía la camisa manchada con mi café; tal vez, pensaba, me espera para regañarme, puede que sea un sicópata o algo por el estilo, mejor salgo despacio sin que me...
- - ¿Muy ocupada?- me dice cuando me disponía a cruzar la puerta para salir; se paró del asiento, y asió su chaqueta de cuero; lo observo buscando algún indicio de locura psicópata de las que hablan en índice de maldad de la televisión por cable, algún tic en el ojo, algo, cualquier cosa, pero lo único que veo es su sonrisa cálida y traviesa. Qué estoy pensando, me digo, ni siquiera lo conoces.- ¿Y bien?- no se me da mentir, es la verdad, y mi lengua es más rápida que yo algunas veces.
- - No- digo, sonriendo estúpidamente; me dan ganas de golpearme en la cara, ¡piensa! Sicópata, o quien sabe qué, no lo conoces, me dice esa vocecita que debería escuchar más seguido.
- - Creo que te debo un café- ¿era cierto lo que decía? Si fui yo la que corría como tonta por la calle sin mirar con un café caliente como el infierno en la mano; fui yo la que chocó y probablemente causó quemaduras de algún grado en su piel, y había arruinado una camisa bastante bonita.- Siento mucho haber chocado con tigo, estaba en la mitad de la calle mirando la vitrina de la librería, debería haber entrado, estaba haciendo taco...- definitivamente este hombre tiene algo mal, pienso yo.
- - Fue mi culpa- le digo; mi voz suena un poco entrecortada, no sé qué me pasa; la secretaria se ríe por lo bajo, la carpeta se trata de escapar de mis manos nerviosas.- Era yo la que andaba corriendo por la calle sin mirar, y con un café caliente en la mano. Siento mucho haberte arruinado la camisa, ¿no tienes quemaduras graves, verdad?- ¿qué? ¿De verdad dije eso? Pienso que traté de ser divertida o algo, pero no me resultó. Él se ríe, ¿de mí o de lo que dije? No estoy muy segura.
- - Entonces me puedes recompensar acompañándome a tomar un café- me dice, creo que no va a aceptar un no como respuesta- dijiste que no tenías nada más que hacer.- maldigo mi sinceridad, y cruzo los dedos para que no sea un orate. Me río, otra vez tontamente, no sé qué es lo que me pasa, realmente.- Vamos- me dice, sonríe porque tomó mi risita de quinceañera como un sí rotundo.
Continuará...
Se encontraba sentada en un concurrido café parisino. Nevaba afuera, era tarde, el cielo se estaba comenzando a oscurecer y la gente iba de camino a sus casas, con paquetes en los brazos. Se llevó la taza de café a la boca con la mano libre del libro que leía, ya estaba frío. Suspiró. En un par de días dejaría París para viajar a Londres, otro paisaje maravilloso, pero insípido como todos, sin alma como la feísima torre de la feria mundial, como la alhambra de españa, como las pirámides de Ghiza. Trató de recordar algo feliz, pero sólo venian a su mente momentos agradables; nada de cosquilleos, carcajadas, ni de ese gorgoteo tibio en el pecho del que hablaban los libros. ¿Es que a acaso había nacido seca? se preguntaba a diario, mientras viajaba cómodamente en su asiento de tren, cuando se arropaba para dormir en un lujoso hotel, cada vez que se miraba al espejo ,cada mañana. La felicidad se arrancaba de ella, había llegado a esa conclusión esa tarde, mientras miraba su reflejo deformado en el café. Pidió la cuenta al garcon, quien inmeditamente corrió a buscarle el abrigo y su sombrero. Tomó la manguita que había dejado en la silla, su cartera y salió al gélido hiver parisien. Caminó hasta llegar al Louvre, y se sentó en la fuente, desierta a esas horas por la hora y la nieve que en un rato llegaría hasta las rodillas. Inspiró profundamente el aire hecho de frías navajas en miniatura, y contuvo el aliento un momento. Se libreró de la manguita, y metió las manos al agua que comenzaba a congelarse. Pasó corriendo un perrito lanudo de color café, y se perdió en un callejón; al verlo, sintió ese vacío inexplicable nuevamente, a veces se le ocurría que se podría deber a la falta de un pedazo de alma. En uno de sus viajes a oriente había escuchado que el alma había que ganársela, y si no se obtenía un alma completa en una vida, se le otorgaba otra para poder juntar las piezas faltantes; nadie estaba seguro de cuántas vidas se tendrían que vivir antes de conseguirlas todas. A ella le parecía que casi todo el mundo lo conseguía a la primera, no había conocido jamás a nadie que sintiera físicamente la falta de un pedazo de alma. La gente la evitaba, los niños no se reían en su presencia, los perros no le movían las colitas peludas y los gatos la miraban con recelo; le tenía respeto a los gatos, en uno de sus viajes había escuchado que ellos podían ver el alma, y temía que esa reacción adversa se debiera a su alma incompleta, o, quién sabe, completamente inexistente. Sacudió las manos, las sentía dormidas; se paró y caminó hacia Notre Dame de París. Cuando llegó, miró hacia arriba, y podría haber jurado que una de las estatuas de los reyes le había guiñado un ojo; caminó hasta el lado del puente y se quedó mirando los arbotantes y contrafuertes cubiertos de nieve al otro lado del río. Deseó tener su alma completa más que nunca en ese momento, sin ese pedazo la silueta de ese lado de la catedral se veía gris y sin gracia. Y de pronto todo se volvió negro y frío.




