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La Coctelera

Categoría: relatos

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Como tiene que ser, segunda parte

Me había olvidado completamente del individuo sentado en el recibidor. Ojeaba con interés una de las revistas de arquitectura que estaban en la mesita de vidrio blanco y madera negra. Se había sacado la chaqueta, y tenía la camisa manchada con mi café; tal vez, pensaba, me espera para regañarme, puede que sea un sicópata o algo por el estilo, mejor salgo despacio sin que me...

  • - ¿Muy ocupada?- me dice cuando me disponía a cruzar la puerta para salir; se paró del asiento, y asió su chaqueta de cuero; lo observo buscando algún indicio de locura psicópata de las que hablan en índice de maldad de la televisión por cable, algún tic en el ojo, algo, cualquier cosa, pero lo único que veo es su sonrisa cálida y traviesa. Qué estoy pensando, me digo, ni siquiera lo conoces.- ¿Y bien?- no se me da mentir, es la verdad, y mi lengua es más rápida que yo algunas veces.
  • - No- digo, sonriendo estúpidamente; me dan ganas de golpearme en la cara, ¡piensa! Sicópata, o quien sabe qué, no lo conoces, me dice esa vocecita que debería escuchar más seguido.
  • - Creo que te debo un café- ¿era cierto lo que decía? Si fui yo la que corría como tonta por la calle sin mirar con un café caliente como el infierno en la mano; fui yo la que chocó y probablemente causó quemaduras de algún grado en su piel, y había arruinado una camisa bastante bonita.- Siento mucho haber chocado con tigo, estaba en la mitad de la calle mirando la vitrina de la librería, debería haber entrado, estaba haciendo taco...- definitivamente este hombre tiene algo mal, pienso yo.
  • - Fue mi culpa- le digo; mi voz suena un poco entrecortada, no sé qué me pasa; la secretaria se ríe por lo bajo, la carpeta se trata de escapar de mis manos nerviosas.- Era yo la que andaba corriendo por la calle sin mirar, y con un café caliente en la mano. Siento mucho haberte arruinado la camisa, ¿no tienes quemaduras graves, verdad?- ¿qué? ¿De verdad dije eso? Pienso que traté de ser divertida o algo, pero no me resultó. Él se ríe, ¿de mí o de lo que dije? No estoy muy segura.
  • - Entonces me puedes recompensar acompañándome a tomar un café- me dice, creo que no va a aceptar un no como respuesta- dijiste que no tenías nada más que hacer.- maldigo mi sinceridad, y cruzo los dedos para que no sea un orate. Me río, otra vez tontamente, no sé qué es lo que me pasa, realmente.- Vamos- me dice, sonríe porque tomó mi risita de quinceañera como un sí rotundo.

 

 

Continuará...

 

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L'Hiver Parisien

Se encontraba sentada en un concurrido café parisino. Nevaba afuera, era tarde, el cielo se estaba comenzando a oscurecer y la gente iba de camino a sus casas, con paquetes en los brazos. Se llevó la taza de café a la boca con la mano libre del libro que leía, ya estaba frío. Suspiró. En un par de días dejaría París para viajar a Londres, otro paisaje maravilloso, pero insípido como todos, sin alma como la feísima torre de la feria mundial, como la alhambra de españa, como las pirámides de Ghiza. Trató de recordar algo feliz, pero sólo venian a su mente momentos agradables; nada de cosquilleos, carcajadas, ni de ese gorgoteo tibio en el pecho del que hablaban los libros. ¿Es que a acaso había nacido seca? se preguntaba a diario, mientras viajaba cómodamente en su asiento de tren, cuando se arropaba para dormir en un lujoso hotel, cada vez que se miraba al espejo ,cada mañana. La felicidad se arrancaba de ella, había llegado a esa conclusión esa tarde, mientras miraba su reflejo deformado en el café. Pidió la cuenta al garcon, quien inmeditamente corrió a buscarle el abrigo y su sombrero. Tomó la manguita que había dejado en la silla, su cartera y salió al gélido hiver parisien. Caminó hasta llegar al Louvre, y se sentó en la fuente, desierta a esas horas por la hora y la nieve que en un rato llegaría hasta las rodillas. Inspiró profundamente el aire hecho de frías navajas en miniatura, y contuvo el aliento un momento. Se libreró de la manguita, y metió las manos al agua que comenzaba a congelarse. Pasó corriendo un perrito lanudo de color café, y se perdió en un callejón; al verlo, sintió ese vacío inexplicable nuevamente, a veces se le ocurría que se podría deber a la falta de un pedazo de alma. En uno de sus viajes a oriente había escuchado que el alma había que ganársela, y si no se obtenía un alma completa en una vida, se le otorgaba otra para poder juntar las piezas faltantes; nadie estaba seguro de cuántas vidas se tendrían que vivir antes de conseguirlas todas. A ella le parecía que casi todo el mundo lo conseguía a la primera, no había conocido jamás a nadie que sintiera físicamente la falta de un pedazo de alma. La gente la evitaba, los niños no se reían en su presencia, los perros no le movían las colitas peludas y los gatos la miraban con recelo; le tenía respeto a los gatos, en uno de sus viajes había escuchado que ellos podían ver el alma, y temía que esa reacción adversa se debiera a su alma incompleta, o, quién sabe, completamente inexistente. Sacudió las manos, las sentía dormidas; se paró y caminó hacia Notre Dame de París. Cuando llegó, miró hacia arriba, y podría haber jurado que una de las estatuas de los reyes le había guiñado un ojo; caminó hasta el lado del puente y se quedó mirando los arbotantes y contrafuertes cubiertos de nieve al otro lado del río. Deseó tener su alma completa más que nunca en ese momento, sin ese pedazo la silueta de ese lado de la catedral se veía gris y sin gracia. Y de pronto todo se volvió negro y frío.

Una pareja de turistas reía en la mesa del mismo café parisino; las cosas estaban un poco cambiadas, el mobiliario seguía siendo el mismo, la máquina de café ahora era distinta, los viandantes habían cambiado las levitas y sombreros de copa por gruesas parkas y gorros de lana. La gente en la calle seguía llevando paquetes, eso no había cambiado nada. Pasó una vespa cerca de la ventana, y ella sonrió. Él pidió la cuenta,  y le ayudó a ponerse el abrigo; se le había perdido un guante, pero él tomó su mano y la entrelazó dentro de su bolsillo con la suya. Sentía un cosquilleo en la garganta, era feliz. Caminaron entre la nieve hasta llegar a la fuente del Louvre; admiraron la pirámide vidriada, él sacó su handycam y la grabó jugando a tirarle nieve a las palomas; pasó un perrito blanco y corrió tras ella, la acompañó a molestar a las palomas, mientras él grababa y se reía. Cuando llegaron al puente para admirar Notre Dame desde el otro lado del río, la mejor cara de la catedral brillaba en todo su esplendor, los arbotantes glaseados y el gran rosetón que reflejaba las últimas luces del día. Comentó que sentía como si hubiera estado ahí antes, tuvo un escalofrío, cerró los ojos. El violinista disfrazado de Charles Chaplin junto a ellos dejó de tocar; ambos lo miraron. Una mujer había muerto en ese preciso lugar, les dijo; junto a su cuerpo un libro de poemas abierto en una página desgarrada, cuyas únicas palabras sobrevivientes rezaban: "...y un día volveré en busca del resto de mi alma".

 

Sí, dedicado, decidí publicar yo primero para que veas, ¿eso responde parte de tu pregunta? Para que no te vayas indignado en el futuro. Un beso.

relatos

Teresa

Relato corto que será publicado en un blog amigo, voy a ser una de las escritoras invitadas. Pero tengo que subirlo aquí primero,no puedo contenerme.

                                   Teresa

 

 

Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. No los podía abrir, los párpados le pesaban como dos cortinas de hierro. Yacía inmóvil, y tenía frío. No sabía dónde estaba. Trató de levantarse, pero sus extremidades no respondían, era tan frustrante como tratar de mover un lápiz con la mente. Se concentró para adivinar dónde se encontraba tendida, ¿una lámina de metal tal vez? Se sentía como eso bajo sus palmas heladas, pero no estaba segura, y no tenía ninguna lógica. Hizo memoria, lo último que recordaba era haberse ido a dormir, haber cerrado los ojos y ahora despertado sin poder abrirlos en un lugar que no era su cama. Había un olor dulzón en el aire, como a alcohol y algo más que no pudo identificar; se escuchaba una gotera, como de algo que se descongelaba a temperatura ambiente.

Habría pasado una media hora, y Teresa seguía luchando por mover aunque sea un dedo, tratando de articular algún sonido, pero nada. Puso atención, aguzó el oído para hacerse alguna idea de lo que pasaba a su alrededor, pero estaba tan callado como un ascensor lleno de extraños. Escuchó el débil latido de su corazón, pausado y en cámara lenta; siguió el ritmo de su respiración, y notó cómo a penas se llenaban los pulmones, como si estuvieran levemente anestesiados. El frío se hacía cada vez más insoportable, y no podía tiritar.

Escuchó unos pasos acercándose, haciendo eco como si caminaran por un pasillo angosto y alto; pararon, y escuchó las risas de dos hombres. Uno le dijo al otro: ... de todas formas nadie la va a  abrir para asegurarse- y rieron de nuevo; el otro respondió- mientras paguen, a mí me da lo mismo- y rieron nuevamente, alejándose. Teresa trató de pedir auxilio, pero nada salía de sus cuerdas paralizadas.

Perdió la noción del tiempo, se concentró nuevamente en el débil latido de su corazón, tenía la sensación de que si dejaba de pensar en él, se detendría definitivamente. Sintió pasos acercándose por el pasillo nuevamente, esta vez entraron a la estancia donde se encontraba. Nadie dijo palabra; sintió dos pares de manos tibias y blandas levantando su cuerpo. La posaron sobre una superficie esponjosa y suave, su mente estaba confusa, no hilaba, concentraba todas sus fuerzas en articular algún sonido, en moverse. Sintió algo cerrarse sobre ella, como una tapa pesada. La movieron, se mecía y ella seguía pensando en moverse y gritar ¡aquí estoy!. La bajaron, y sintió el sonido de un motor, mismo sonido que la arrulló y la hizo quedarse dormida contra su voluntad.

Despertó con un sonido parecido a la lluvia; escuchó una voz átona que de decía: en el nombre del padre y del hijo, y del espíritu santo. Y entonces lo supo, la estaban enterrando viva; sintió cómo la adrenalina corría por sus venas, trató con furia de moverse, de gritar, mientras sentía que la capa de tierra que la cubría se hacía tan espesa que a penas podía oír las voces y sollozos como murmullos. Finalmente pudo emitir un quejido, pudo moverse y empezó a golpear y gritar con desesperación, pero con una frustrante poca fuerza.

  • - Creí escuchar a Teresa- dijo arriba el novio de ella, mirando hacia la tumba.
  • - Esas cosas pasan- le dijo su mejor amiga mirándolo y apoyándose en su brazo; luego miró a la tumba fresca con una sonrisa torcida y mirada fría- créeme que Teresa está bien muerta.

 

filosofando por la vida relatos

Vida Mínima

La vida mínima, vida de burbuja en medio del eclecticismo exterior; refugio personal, escondite natural en medio de lo urbano.

Santuario espiritual, de reencuentro con el yo, donde el ente despojado de humanidad regresa a su estado natural, se calma la mente, los sentidos se hacen uno, el espectro se convierte en alma luminosa.

Cambio, transcición, metamorfósis. Capullo regenerador de vida, ciclo, renovación.

El humano no es el centro, lo natural se toma el lugar; escala por las paredes, se cuela por las ventanas e inunda los exteriores, arrullando al ser para que sueñe con su libertad y olvide por un momento que al otro día, al abandonar tal refugio, volverá a ser oveja, un autómata de los hombres grises que esperan en las esquinas.

 

Paréntesis. Quise compartir con ustedes mi proceso creativo arquitectónico; no sólo se proyecta con maquetas, croquis y demases, yo dibujo con palabras. Para que vean que no estoy tan perdida estudiando arquitectura, todas las artes se complementan.

relatos

Como Tiene Que Ser , primera parte

A pedido de una amiga mía, este post. Es un desafío personal en cierta forma. Aquí va, un relato de ficción que bien podría ser real en una dimensión paralela.

Por supuesto, una escena como sacada de una película. Corriendo por una calle transitadísima con un café starbucks en la mano, y una ruma de papeles con croquis en la otra, mal sujetados por una carpeta de colores brillantes. Un choque, papeles volando y un transeúnte empapado de café. Miles de disculpas, rápido recogido de papeles, cien disculpas más mientras corro de nuevo. Llego tarde al trabajo, un proyecto decisivo empapado de café y revuelto en la carpeta mal cerrada. Llueve, y me empapo también. Un edificio vidriado, corporativo, donde miles de oficinas comparten pisos. Subo al ascensor, me peino en el espejo, repito en la mente qué tengo que decir; miro el reloj, espero llegar a tiempo, el ascensor anda muy lento para mi gusto. Entro en el hall de la oficina; la secretaria me sonríe y me dice que estoy justo a tiempo, que pase de in mediato que el jefe ha tenido una mañana agitada; los clientes han llamado sin cesar, quieren una idea definitiva.

Me armo de valor, y cruzo el umbral de la puerta vidriada; la alfombra blanca y mullida me recibe, el jefe habla por teléfono y me hace señas de que me siente en el diván. Me saco el abrigo y la bufanda; están mojados, debería haberlos dejado en guardería con la secretaria. Tarareo una cancioncilla en la mente, reviso mis papeles... Dios Santo... he dejado las dos hojas de croquis más importantes en la acera. Nada que hacer; comienzo a transpirar y a temblar. Podría rehacerlos, pero sería poco profesional, lo único que tengo a mano es un lápiz bic y la boleta del café. Maldigo por lo bajo; tres días sin dormir, y he aquí las consecuencias, andar corriendo por culpa de pasar a comprar un express triple con crema de vainilla y lluvia de chocolate, todo para que cayera sobre ése pobre hombre que miraba una vitrina. Me distraigo, pienso en qué sería del individuo; tal vez le ha ido peor que a mí, tal vez está ahora de vuelta en su casa cambiándose de ropa y perdiendo un vuelo o un viaje en tren, o peor. Estoy nerviosa, por eso pienso tonterias, me digo, calma, me digo, pero la cara de mi jefe con sus anteojos de formas modernas y simples, y su traje negro casual con camisa mao blanca me intimidan.

Tocan la puerta con suavidad; la secretaria me llama, pregunto a mi jefe con la mirada y asiente, aún hablando por teléfono con cara de fin del mundo. Puedo correr, pienso, la puerta está abierta, puedo correr y hacerme la loca, no volver más. Otra vez tonterías. Una figura alta envuelta en una chaqueta de cuero café muy indie, unos zapatos de vestir cafés también, jeans deslavados, una bufanda de tonos tierra y una cara perfecta como esculpida en piedra me sonríe parada en el hall. Es el hombre al que empapé con café, ¿vendrá a tapizarme de juramentos? Lo último que me faltaba, pienso mientras trato de articular una sonrisa a modo de saludo.

  • - Dejaste esto cuando nos encontramos hace poco rato- me dice sonriendo, su sonrisa ligeramente torcida, los ojos verdes tiernos y también sonrientes tras largas pestañas castañas.
  • - Gracias- le digo, y me sonrojo de vergüenza; se pasa la mano por el pelo desordenado y un poco largo, pero no demasiado.
  • - Entre- me dice el jefe desde la puerta; miro al hombre del café, quien levanta las cejas pobladas y sonríe seductor.

Le paso al jefe mis croquis; los explico, los mira, y pone cara de relajo. Me felicita, y me asigna como cabeza de proyecto, prometo no defraudarlo - siempre y cuando, me digo, no vuelva a tropezar con alguien y pierda tiempo y hojas- me despacha y me da el día libre...

Continuará...